La Ley 1420, de 1884, determinó la obligatoriedad de la escuela primaria. Ahora bien. El cumplimiento de esta norma no fue automático y debieron pasar más de 60 años, para que, durante el primer peronismo, se forjen las condiciones para su cumplimiento gracias a que se construyeron escuelas y hubo una política de Estado tendiente a incorporar a la totalidad de las niñas y los niños a la escuela.
Obviamente, los sectores oligárquicos se opusieron, creando imaginarios como: “En realidad obligatorio es hasta 3er grado” o más cerca en el tiempo: “¿Para qué tienen que ir a la escuela si van a ser cañeros toda su vida?”.
Javier Milei cuestionó la obligatoriedad durante la campaña presidencial. Una parte del electorado escuchó esta propuesta y la votó. No obstante, la escuela primaria está muy arraigada en la sociedad. Las cifras reflejan un cumplimiento cercano al 99%. Aunque un nuevo Gobierno Nacional y Popular deberá tener políticas que logren que ese 1% restante se incorpore a la escolaridad, se puede decir con seriedad que la educación primaria en Argentina es universal.
Durante la llamada “década ganada” se intentó ir por más. En 2005 se preparó un proyecto de ley integral que ponía la educación bajo la responsabilidad del Estado y disponía la obligatoriedad de la escuela secundaria.
La iniciativa se sometió al debate. En ese año se pararon las clases una vez por mes, para que docentes y familias pudieran discutir el proyecto y realizar aportes oportunos. Se generaron muchas propuestas que se tuvieron en cuenta en la redacción final de la Ley. Es muy interesante comparar el proyecto original con la redacción final para observar la profundidad del debate.
En definitiva, en 2006 se sancionó la nueva Ley de Educación Nacional (LEN) 26206 que, entre otras consideraciones determina la obligatoriedad de la escuela secundaria. Se cumplen 20 años y tal como vimos en el caso de la Ley 1420, todavía falta.
Es interesante destacar que, en el punto particular de la obligatoriedad, hubo prácticamente unanimidad. La sociedad, incluida la comunidad docente, está de acuerdo con que, para poder desarrollarse plenamente integrados a la sociedad, resulta imperativo que las y los jóvenes transcurran la escuela secundaria.
Ahora bien: el Sistema Educativo debió pasar de la optatividad a la obligatoriedad y el camino está resultando muy complejo.
Hasta ese momento, la escuela secundaria (optativa) era piramidal. Había siete u ocho divisiones de 1er año y dos o tres de 5to (o 6to), que además eran menos numerosas.
Era una escuela excluyente. Pasar de la pirámide al ascensor, donde todos van subiendo, es muy difícil. La escuela tenía un marco normativo y, quien no se amoldaba era eyectado. Obviamente, se acabaron las expulsiones, porque, ¿cómo le vas a impedir ir a la escuela a un/a joven cuando la Ley dice que es obligatorio concurrir?
Se eliminaron las amonestaciones que, en muchas escuelas, se reemplazaron por ejemplo por “firmas”, por lo que se eliminaron las sanciones por acumulación.
En una oportunidad, ante un caso con mucha resonancia en CABA desde los medios se exigía la expulsión de estudiantes y el entonces ministro de Educación Juan Carlos Tedesco dijo: “Si los expulsamos, nos perdemos la oportunidad de educarlos”.
Son dos posiciones contrapuestas. La baja en la edad de imputabilidad a 14 años, que comenzó a regir en el mes de septiembre, tiene que ver con ello, igual que los episodios de violencia que se registran en algunas escuelas.
En la provincia de Buenos Aires, el gobernador Kicillof y el ex Director de Escuelas, Alberto Sileoni, tomaron una decisión largamente reclamada por las escuelas que demandó una fuerte inversión y completó los Equipos de Orientación Escolar (EOE) en todas las escuelas en los 3 niveles, inicial, primario y medio.
Fueron nada menos que 6.000 cargos. Es interesante que los grandes medios no hayan saludado esta decisión. Muy probablemente presionados por el Gobierno de la CABA que, administrando una ciudad rica, sólo tiene un Equipo de Orientación Escolar (EOE) por Distrito Escolar, en total 21, para todas sus escuelas primarias y uno por “región” para todas las secundarias. Totalmente insuficiente. Obviamente que, siendo los EOE muy importantes, por sí solos no resuelven el problema.
"La escuela tenía un marco normativo y quien no se amoldaba era eyectado. En la nueva se acabaron las expulsiones. ¿Cómo le vas a impedir ir a la escuela a un/a joven cuando la Ley dice que es obligatorio concurrir?
QUERER Y PODER
Para que las y los jóvenes vayan a la escuela secundaria hacen falta dos elementos: tienen que poder ir y tienen que querer ir.
El “poder ir” tiene que ver con la situación socioeconómica. Cuando un Orientador Social (ahora que en la Provincia de Buenos Aires los hay) visita la casa de alguien que falta reiteradamente y se encuentra con una familia monoparental, con una mamá enferma que no puede comprar los medicamentos, con alimentación insuficiente, tal vez con un familiar discapacitado y el (la) estudiante le dice: “Tengo que cartonear doce horas, hacer repartos en bici, etc”, todo lo demás se convierte en teoría.
La realidad es que ese pibe o esa piba no puede ir a la escuela y la obligatoriedad es sólo un papel.
El futuro Gobierno Nacional y Popular deberá arbitrar las medidas para revertir esta situación y preparar el ciclo lectivo 2028 con las condiciones necesarias para que “puedan ir” y vuelvan a la escuela.
El “querer ir” también es complejo. Hay familias trabajadoras, que quieren y pueden esforzarse para que sus hijos vayan a la escuela y se encuentran con otra realidad: “No quiero ir”. La escuela no es atractiva. Obviamente que hay que volver a las políticas socioeducativas. Volver a los “Coros y Orquestas”, sólo por mencionar una de ellas.
Pero, esto no es suficiente. Obviamente, no funciona el “estudiar es tu futuro” o planteos similares cuando resulta imposible imaginar un futuro.
Suele pasar es que, cuando esos pibes van a un lugar que no les agrada, “hacen lío”. ¿Cómo les recomendó Bergoglio?
No se trata de uno (a) que “hace lío”. Se trata de varios.
"Hay que mejorar mucho la formación docente para saber recibir a los jóvenes del siglo XXI y el Estado debe posibilitar las condiciones objetivas para que las y los jóvenes sí puedan ir a la escuela".
Las y los docentes, aunque sean jóvenes, fueron formados para dar clases en la escuela excluyente, donde quien hacía lío era eyectado. Esta formación sesgada sigue ocurriendo principalmente en los Institutos de Formación privados (muchas veces subsidiados), donde la supervisión pedagógica deja mucho que desear.
Y para peor, una parte de la docencia no sólo no tiene herramientas para incluir (aunque desee hacerlo), sino que el Estado no se las provee, ni lo ayuda.
Claro que se han hecho intentos: Los “Consejos de Convivencia” (que son obligatorios en todas las escuelas) en algunos casos funcionan. En otros imperan las tradiciones y operan como “Tribunal de Penas” (tipo AFA) que sólo sirven para aplicar sanciones.
¿Por qué no se reúne el Consejo de Convivencia cuando no andan las estufas? ¿Acaso tener frío en el aula no afecta la convivencia? Tal vez el problema para convocarlo sea definir a quién sancionamos. Reunirlo para estos temas y acordar acciones al respecto es una verdadera construcción de ciudadanía crítica y reflexiva; es ¡Calidad Educativa!
En cambio, muchas veces el mensaje de las direcciones de las escuelas es “arreglate”. Entonces surge el “así no se puede dar clases”; “estos pibes les impiden aprender a quienes sí quieren”; “nivelan para abajo”; y otras expresiones similares que, al carecer de herramientas, reclaman volver a una escuela que no existe más.
Entonces dicen: “La escuela privada es mejor, porque allí sí se puede dar clases, el (la) que hace lío se lo echa y punto”, etc.
El intento de “cursar por materia”, que es una buena idea, choca con la resistencia de quienes nunca quieren cambiar nada. Por otra parte, bien se pudo implementar sin conflicto, en las escuelas que fueron inauguradas en la provincia de Buenos Aires en este período.
No se entiende por qué esto no ocurrió. Así las cosas, viene el desgano: “Me obligan a aprobar a todos”; “es el facilismo”; y un montón de etcéteras que ponen en discusión un tema muy duro: “calidad vs. cantidad”.
Se genera la falsa idea de que incluir determina imposibilidad de dar clases y que, como la LEN permite a las escuelas privadas eyectar a “quienes se portan mal” (les niegan la vacante al año siguiente “porque no está integrado al PEI”), entonces, pareciera que allí las y los estudiantes que sí quieren estudiar, pueden hacerlo.
En épocas de Inteligencia Artificial, la formación en valores adquiere una importancia fundamental. Y esa formación ocurre con el ejemplo.
Y el ejemplo es la exclusión. “Amoldate o te vas” es lo que se enseña en esas escuelas.
Hace un par de meses, la diputada nacional Natalia Zaracho fue explícita dirigiéndose a los diputados macrimileístas y sus aliados): “¿En qué escuela se formaron para haber salido tan HDP?”. Aunque, como sabemos, la escuela no es el único espacio de formación (existe la educación no formal y la informal) ésta es una pregunta pertinente.
Tenemos que estar consustanciados con la idea de que “calidad vs cantidad” es una falsedad absoluta. Para eso, se debe tomar conciencia del rol del Estado. Hay que intervenir dentro del aula. Los especialistas deberán determinar cómo.
También hay que mejorar mucho la formación docente para saber recibir a estos jóvenes del siglo XXI.
Por supuesto, como ya se planteó, el Estado debe posibilitar las condiciones objetivas para que las y los jóvenes sí puedan ir a la escuela.
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