Orientación vocacional y el derecho a desear: elegir un futuro en condiciones desiguales

Por mucho tiempo estuvo asociada a encontrar aquello para lo cual alguien supuestamente “sirve”. Pero Nadie elige su futuro sin eludir condicionamientos materiales y sociales.

Orientación vocacional y el derecho a desear: elegir un futuro en condiciones desiguales

Hay una pregunta que se repite cada año en las escuelas secundarias: “¿Qué vas a hacer el año que viene?”. A los diecisiete o dieciocho años no preguntamos solamente por una carrera: preguntamos por el futuro. Y el futuro, aunque muchas veces se presente como una elección individual, nunca es un asunto exclusivamente individual.

Durante mucho tiempo, la orientación vocacional estuvo asociada a descubrir aptitudes, intereses o características personales para encontrar aquello para lo cual alguien supuestamente “sirve”. La estrategia clínica, con Rodolfo Bohoslavsky como referente, produjo un desplazamiento fundamental al convertir al consultante en protagonista de su elección. Pero todavía necesitamos otro movimiento: pasar del sujeto que elige al sujeto situado que elige.

Nadie elige en el vacío
No elige desde el mismo lugar quien puede dedicarse exclusivamente a estudiar que quien necesita trabajar para contribuir con los ingresos familiares. Tampoco quien tiene una universidad cercana que quien debe viajar horas para llegar a ella. La libertad de elegir no supone igualdad de condiciones para ejercerla.

Sergio Rascovan propone pensar la orientación desde una perspectiva crítica, compleja y transdisciplinaria, reconociendo que los proyectos se construyen en sociedades atravesadas por desigualdades, oportunidades y restricciones. Por eso no alcanza con preguntarle a un adolescente qué quiere. También debemos preguntarnos qué aprendió que podía querer.

Esta pregunta desplaza la orientación de una mirada centrada exclusivamente en características individuales hacia las condiciones sociales y de vida en las cuales un proyecto puede construirse. No deseamos por fuera de nuestras experiencias, vínculos e instituciones, ni de los mundos que hemos tenido oportunidad de conocer.

Silvia Bleichmar permite pensar otra tensión: la existente entre autoconservación y autopreservación de la identidad. “Quiero estudiar esto, pero necesito trabajar”; “me gusta esta carrera, pero necesito algo con salida laboral”. No son solamente dudas vocacionales. Expresan la encrucijada entre garantizar la subsistencia y construir una vida en la que uno pueda reconocerse.

Cuando las condiciones materiales se vuelven adversas, la urgencia puede devorarse el proyecto.

Cuando las condiciones materiales se vuelven adversas, la urgencia puede devorarse el proyecto. Por eso tampoco alcanza con decirles a los jóvenes que persigan sus sueños. Los sueños también necesitan condiciones materiales para sostenerse.

La orientación no empieza en el último año
Resulta insuficiente concentrar la orientación vocacional al final de la secundaria. Las ferias universitarias, las charlas sobre carreras y los talleres específicos son valiosos, pero llegan tarde si creemos que allí comienza la pregunta por el futuro.

Un proyecto empieza mucho antes: cuando un estudiante descubre un interés, conoce una universidad, un oficio o una profesión que ignoraba; cuando un docente reconoce una capacidad; cuando una experiencia artística, científica o comunitaria amplía su mundo. También cuando puede probar, equivocarse, cambiar de opinión y descubrir que aquello que alguna vez imaginó para sí ya no lo representa.

La escuela no solamente transmite conocimientos. También presenta mundos.

Por eso orientar debería atravesar toda la secundaria como una política institucional de acompañamiento. Acercar a los estudiantes a universidades, institutos superiores, centros de formación profesional, espacios culturales, de la comunidad, en contextos científicos y ámbitos laborales también forma parte de la orientación. No para decidir por ellos, sino para ampliar el repertorio desde el cual puedan decidir.

Una beca orienta. Una universidad pública accesible orienta. El boleto estudiantil y las políticas de cuidado también orientan. Un docente que muestra una posibilidad hasta entonces desconocida también orienta. Porque entre el deseo y la concreción de un proyecto existen condiciones sociales que pueden ampliar o restringir aquello que aparece como posible.

Investigaciones presentadas por la Dra. Vanina Daraio con adolescentes y jóvenes de distintas regiones del país muestran que la educación continúa ocupando un lugar relevante en sus expectativas, aunque los proyectos aparecen fuertemente atravesados por preocupaciones laborales, económicas y de estabilidad. Tal vez, entonces, deberíamos revisar esa afirmación tan repetida acerca de que los jóvenes “ya no tienen proyectos”. ¿Realmente no los tienen? ¿O les exigimos proyectarse mientras hacemos cada vez más inciertas las condiciones para hacerlo?

El derecho a desear
Pensar la orientación como derecho a desear no significa desconocer los límites de la realidad, sino evitar que se conviertan anticipadamente en destinos. Las desigualdades no operan solamente cuando impiden acceder materialmente a algo; también lo hacen cuando consiguen que ciertas posibilidades ni siquiera sean imaginadas.

Cuando un adolescente dice “eso no es para mí” antes de haberlo intentado, vale preguntarnos cuánto de esa afirmación expresa una elección y cuánto algo aprendido.

Cuando un adolescente dice “eso no es para mí” antes de haberlo intentado, vale preguntarnos cuánto de esa afirmación expresa una elección y cuánto algo aprendido acerca del lugar que supuestamente le corresponde ocupar.

Orientar supone escuchar, ofrecer experiencias, reconocer obstáculos sin convertirlos en destinos y habilitar el tiempo para no saber todavía, probar, equivocarse y cambiar. La orientación no debería concluir con la secundaria porque las elecciones tampoco terminan allí. Elegimos, reformulamos proyectos, abandonamos caminos y construimos otros a lo largo de la vida.

No se trata de decirle a un adolescente qué debe hacer, sino de ampliar las condiciones desde las cuales pueda construir sus propias preguntas y decisiones.

En lugar de preguntar solamente “¿qué vas a estudiar?”, deberíamos preguntarnos como adultos, escuelas y Estado: ¿qué condiciones estamos construyendo para que ese adolescente pueda imaginar un futuro?

Porque antes de elegir hay que conocer posibilidades. Antes de proyectar hay que haber tenido experiencias. Y antes de sostener un deseo tiene que haber existido algún lugar donde ese deseo pudiera ser alojado.

El futuro no es solamente aquello que viene después. También es algo que una sociedad posibilita.

Una escuela que sostenga una promesa de igualdad tiene entonces una responsabilidad profundamente política: que las condiciones de origen de un adolescente no terminen convirtiéndose en los límites de aquello que se siente autorizado a desear.

      EL AUTOR

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Jorge Prado es psicólogo y profesor en Psicología (UBA). Docente de Salud Pública y Salud Mental (UBA), integra la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM). Psicología Comunitaria y Pedagogía Social en La Matanza.